Una madrugada de
noviembre en la ciudad donde aun no había luz en las calles y a la hora donde
éstas estaban desiertas, me desperté con el sobresalto de que no estabas a
mi lado, de que mis sabanas solo me arropaban a mí. Sentía tu presencia, pero no
era suficiente... estabas
lejos, aunque tu olor se quedó impregnado en la almohada la cual yo abrazaba. Tu lado de la cama estaba helado, tu reloj no estaba en la mesita de noche, ni tu ropa sobre el suelo...
entonces me di cuenta de que todo había cambiado. Tú no estabas, hacia ya
años que no te veía, que no te hablaba y mucho menos que estuviera
contigo. Me levanté de la cama y llegué hasta la cocina en la cual no estaba el café que tu dejabas hecho
siempre antes de irte, fui hasta el baño y tampoco vi
como caía el
agua del grifo sobre tu cuerpo y como salías con el pelo empapado... Sin
darme por vencida, corrí hacia la terraza del salón donde juntos fumábamos y
soltábamos el aire que nos sobraba... y allí, justo en aquella esquina que tanto te gustaba, allí estabas
tú... Aunque si mal no recuerdo, tenías un aura alrededor de todo tu cuerpo, brillabas como una estrella, juraría
que parecía real, pero esa ventilada
de aire me devolvió a la realidad y tú te esfumaste como hace unos
años atrás hiciste.
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